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LOS DESTINOS SENTIMENTALES
(Les Destinées Sentimentales)

Francia-Suiza, 2000


Dirigida por Olivier Assayas, con Emmanuelle Béart, Charles Berling, Isabelle Huppert, Olivier Perrier, Dominique Reymond.



No es mucho lo que tengo para decir de una película tan innecesariamente larga, como descomunalmente aburrida.

Jean Barnery es un ministro protestante en un pequeño pueblito de la campiña francesa. Su compromiso con el deber divino no lo ha privado de soportar un rotundo fracaso matrimonial con una hija a cuestas, pero el azar quiere que en su camino se cruce la joven Pauline, encarnada por la inquietante Emannuelle Béart.

Si uno es mínimamente suspicaz, no tardará en adivinar que ambos seres conjugaran sus destinos sentimentales para vivir una apasionada relación, inaceptable para los ojos de la sociedad burguesa que los rodea.

Pocos comentarios sociales novedosos puede agregar este film dirigido por Olivier Assayas, un hombre que durante su juventud engalanó las páginas de Cahiers du Cinéma, la famosa revista francesa de crítica cinematográfica que, a juzgar por esta película, nunca debería haber abandonado. Según confesó Assayas, hace mucho tiempo que ansiaba adaptar alguna de las novelas de Jacques Chardonne, parte de una generación de escritores franceses a mitad de camino entre la literatura clásica y las vanguardias que surgieron entre las dos grandes guerras del siglo XX.

Los silencios, los ruidos, los paisajes y las irritantes costumbres burguesas que ya nos mostraron infinidad de films con mayor o menor éxito que este intentan plasmar una "propuesta intimista", que se pierde ante el inmenso fresco histórico que también se pretende reflejar. Tarea que se complica aun más cuando entran en escena la Primera Guerra Mundial y el colapso económico estadounidense de fines de 1929.

Como dato curioso para estos tiempos de crisis infinitas, se observa en el film cómo los desastres sociales y económicos desgastan y malogran los intentos por llevar una existencia llevadera, que le permita a la gente disfrutar de las pequeñas cositas que dan sentido a la vida: una familia, un hogar, estar al lado de la persona amada, o simplemente pasar un rato placentero.

Dividida en tres capítulos que se hacen eternos, la moraleja final de la obra recae en la siguiente frase: "... el amor... no hay nada más en la vida... nada". Ahora bien, ¿era necesario tomarse tres horas para expresar este concepto tan bello y simple como obvio y superfluo?

Gabriel Alvarez     


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