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HANNIBAL

Estados Unidos, 2001


Dirigida por Ridley Scott, con Anthony Hopkins, Julianne Moore, Giancarlo Giannini, Ray Liotta, Gary Oldman, Seljko Ivanek.



Hannibal es una de esas películas que a uno le da demasiada fiaca comentar. No es que sea previsible, mediocre, deslucida e industrial (que lo es), sino que ni siquiera ofrece mayores flancos para despuntar la inventiva crítica, ni la inspiración literaria, ni el humor. Haremos lo posible.

Como ustedes sabrán, esta es la continuación de El silencio de los inocentes, una película estrenada hace nada menos que una década. ¿Por qué tanto tiempo entre una y otra? Por razones que nada tienen que ver con el cine, ni con el arte, ni –¡válgame Dios!– con el entretenimiento, sino con la especulación y el comercio. Y en parte, ya que estamos, con la inspiración: al novelista Thomas Harris, autor del relato en que se apoyaba El silencio..., las musas no lo volvieron a visitar cuando hubieran querido los productores, sino muchos años después. Esto hizo que primero se cayera Jonathan Demme (director del film original) en favor del descendente Ridley Scott (sí, el artífice de Alien y Blade Runner, aunque todo lo que hizo después sugiere que se trata de otra persona), luego que Jodie Foster (que encarnaba a la agente Clarice Starling) fuera reemplazada por Julianne Moore, y finalmente que David Mamet abandonara su puesto de guionista (y todos sus aportes) ante Steven Zaillan.

Todas estas idas y vueltas se manifiestan en Hannibal de la manera más penosa que hubiera cabido imaginar. Estamos ante una secuela desvahída, tramposa, con pocos o nulos puntos de contacto con el film del que se pretende continuación, y esto incluye a su aparente hilo conductor, el propio Hannibal Lecter, que allá lejos y hace tiempo supo infundir temor (por sus métodos) y respeto (por su inteligencia y carisma). Ahora, en cambio, Scott y el productor Dino de Laurentiis (Dino por dinosaurio: es viejísimo y cada vez con peores mañas) han hecho de él un villano tan estilizado que casi parece Teté Coustarot. Lo verdaderamente insólito es que una película de tantos millones de dólares prácticamente carezca de guión. Los primeros, interminables minutos se encargan de presentar a la agente Starling mediante el trámite más pedorro del universo: una detención que se complica por la imbecilidad de sus colegas, en la que ella da la nota –de pericia y de coraje– despachando a una cantidad de malos entre los que se cuenta una delincuente que carga a su bebe en brazos. Adivinen en manos de quién queda finalmente ese bebito (sano y salvo, por supuesto).

No menos engorrosa es la introducción de Lecter, que recién aparece en pantalla a la media hora de apagadas las luces. Hannibal hará su demostración de fuerza en una imponente mansión de Florencia, tras un fragmento largo, inflado, que culmina con uno de los asesinatos más pobremente montados de los últimos años.

Lo que sigue puede resumirse fácilmente. Por un lado un magnate de pacotilla (Gary Oldman, irreconocible), cuya cara fue completamente desfigurada por Lecter, hace lo imposible por capturarlo vivo, para hacerlo atravesar un calvario semejante al que Hannibal le infrigió. Por el otro, la propia Clarice trata de capturarlo legalmente (o cuasi). La desfiguración de la cara del ricachón es tan exagerada y gruesa que no se sabe si el maquillador renunció a mitad de camino (y lo reemplazó Hopkins) o si Scott, en lugar de miedo, quiso causarnos risa. En todo caso, tampoco lo consiguió. La inoperancia de los matones del magnate recuerda a los villanos de Mi pobre angelito. Las pistas que intuye y desgrana Clarice son más inverosímiles que declaración de senador.

Nada queda, como decía Moris, salvo una hora larga de proyección. Búsqueda, búsqueda y más búsqueda. Pero la caza de un hombre por otro (en este caso, por una mujer) sólo puede llenar una hora de pantalla si está filmada con buenas artes, y aquí no hay otra cosa que prolijas, no por ello menos pavotas, "ideas" de producción. Me corrijo: hay una escena próxima al final que vale la pena. En ella Lecter –viejo sibarita– degusta sesos humanos cual si fueran manjares de haute cuisine, mientras que su víctima (nunca diré quién es) todavía respira. Hay una saludable combinación de humor inglés con truculencia americana en ese plato. El problema es que, a esta altura, ya venimos completamente indigestos.

Guillermo Ravaschino