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THE MATRIX

Estados Unidos, 1999


Dirigida por Andy y Larry Wachowski, con Keanu Reeves, Larry Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Gloria Foster.



Los primeros quince minutos de los 136 que dura The Matrix ofrecen una pizca de ese thriller futurista, con misterio y alucinantes efectos especiales, prometido por la millonaria campaña que la promocionó. Un diez por ciento, digamos, que es mérito exclusivo de la gracia con que Larry Fishburne interpreta a Morfeo. Morfeo es una especie de gurú que induce a Neo (Keanu Reeves) a internarse en The Matrix (tal vez, sólo tal vez, podría traducirse como "la matriz"). Neo es Keanu Reeves: esbelto, carilindo, inexpresivo, relativamente asexuado. Y, además, un hacker capaz de penetrar los más inexpugnables sistemas informáticos.

A Neo lo persigue la policía –o "el sistema", como se sabrá luego– y por eso acepta el reto de Morfeo, quien sugiere que The Matrix es un viaje que lo alejará definitivamente de su cotidianidad. Claro que antes, y aun después de embarcarse, Neo no dejará de formular una pregunta: ¿Qué es The Matrix? Pero esa es la pregunta del millón: nadie, nunca, la responderá. Lo que no deja de llamar la atención, si se tiene en cuenta que The Matrix es uno de los "thrillers" más conversados de la historia. A falta de coherencia –y contundencia– el film de los hermanos Wachowski se prodiga en ampulosas chácharas filosófico-existenciales. Mayormente vía Morfeo, que hablará de dos mundos: el que se tiene por "real", que es una realidad virtual generada por computadoras, y el verdadero, un planeta devastado, pos-humano, en el que el futuro de la especie depende de un puñado de individuos en guerra contra las monstruosas producciones de la inteligencia artificial. Todo es tan absurdo que si las intenciones de los Wachowski hubieran sido cómicas, seguramente The Matrix sería una película para recordar.

Pero la esencia de The Matrix no radica en el absurdo sino en el siniestro esquema que preside su evolución. Parte de especulaciones relativamente científicas (es decir, de ciencia ficción) a las que jamás se toma el trabajo de desarrollar. Antes bien, las obtura progresivamente con toda clase de datos infantiles, confusos y contradictorios. Nunca se sabrá, por caso, cómo es la conexión entre los "mundos", si es que los separa el tiempo, cuáles son las reglas que rigen el tránsito entre uno y otro, cuál es la entidad de esos "agentes" (demasiado parecidos a los de Hombres de negro) entregados a sembrar el Mal, etcétera. Cuando la cancha está bien embarrada, empero, comienzan a caer, como frutas maduras, las respuestas. Estas no tienen nada que ver con la ciencia, ni con la ficción, sino con esa suerte de religión maniquea y ultrasimplificada que caracteriza a ciertos dibujos animados japoneses. En este caso combinada –más bien revuelta– con profecías bíblicas y reminiscencias del rol que los hebreos atribuyen al Mesías. Ahí está Morfeo, ahora acompañado por la "Pitonisa" y el "Oráculo", apuntando con el dedo a El. Ahora lo llaman "el elegido", le atribuyen superpoderes. Y ahí está él, el elegido (sí: ¡Keanu Reeves!), preparándose para salvar a la raza humana. Por si fuera poca ensalada, en esta fase preparatoria Morfeo oficia de instructor, con lo que The Matrix usurpa no pocos clisés del consabido esquema "maestro-pequeño saltamontes".

¿Qué resta por decir? Que los efectos especiales no ofrecen nada nuevo bajo el sol. Que el film de los Wachowski no ha sido elaborado, como parece, para asquear el paladar de cualquiera que ame medianamente el cine, sino para reventar de teenagers todos los cines del planeta. Es preocupante. Esta gente no da puntada sin hilo. Mandan a hacer estudios de mercado, encuestas y relevamientos que insumen más dinero que varias películas completas de las que se ruedan por aquí. ¿Qué ha pasado con la juventud, Cruz Diablo?

Guillermo Ravaschino