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TEMPLE DE ACERO
(True Grit)

Estados Unidos, 2010


Dirigida por Ethan y Joel Coen, con Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper, Dakin Matthews, Jarlath Conroy, Paul Rae, Domhnall Gleeson, Roy Lee Jones.



Luego de Sin lugar para los débiles, probablemente la gran película de su carrera, había esperanzas para que los hermanos Coen consolidaran la depuración de su estilo, más allá de las poses y los manierismos a los que siempre fueron adeptos. La vuelta a la comedia de sus siguientes obras no estuvo a la altura de las expectativas, pero el regreso al western (¿qué era Sin lugar… si no un western fantástico?) con Temple de acero y el retorno a la cima de las nominaciones al Oscar presentaba una simetría difícil de pasar por alto y la puesta a prueba definitiva del lugar que los Coen podían ocupar en la actualidad del cine de Hollywood. La respuesta fue decepcionante: Temple de acero es un western que reniega del western, que retoma la distancia irónica y la indiferencia de los Coen hacia los géneros que suelen revisitar.

La película comienza con vocación religiosa: una frase bíblica sobre el castigo divino y una luz difusa que a medida que la cámara se acerca va tomando la forma de una cruz llameante. La cámara continúa avanzando mientras la voz en off de Mattie, la niña protagonista (debut prometedor de Hailee Steinfeld), relata la historia de la muerte de su padre en manos del forajido Tom Chaney (Josh Brolin). El destino final de la puesta en escena de la secuencia nos muestra, con economía de recursos, cómo esa luz provenía de la entrada de una casa –de su puerta y sus ventanas–, y la propia iluminación del hogar nos permite ver, en una noche nevada, primero a ese padre muerto, y luego a su asesino huyendo a caballo en la oscuridad. La voz en off remarcará que todos, tarde o temprano, reciben su castigo. La belleza de esta secuencia –beneficiada por el aporte de Roger Deakins en la fotografía– será retomada recién al final, cuando Mattie se ponga también en manos del destino y de los amigos que ha encontrado en el camino.

El mencionado segmento demuestra lo que los Coen son capaces de alcanzar, pero a continuación la cosa comienza rápidamente a desbarrancarse. Para empezar, desfilan demasiadas escenas hasta que la aventura encuentra su curso. Mattie debe convencer a Rooster Cogburn, un marshall tuerto, valeroso y despiadado pero también borracho y sumido en la pobreza (Jeff Bridges), para que la ayude en su búsqueda de venganza. No son los únicos que buscan la cabeza de Chaney: LaBoeuf (Matt Damon), un Texas Ranger con más voluntad que cerebro, desea capturarlo para cobrar una recompensa (el fugitivo también ha matado a un senador). Mientras los protagonistas se preparan para iniciar la persecución, descubriremos la testarudez, frialdad y sorprendente inteligencia de la niña, sus dotes de negociación para saldar las cuentas de su difunto padre y su perseverancia en pos de encontrar a Chaney para verlo pagar por su crimen.

Cuando finalmente comience la travesía, el guión sostendrá su oblicuidad con varias escenas gratuitas pobladas con personajes típicos de la imaginería Coen –el ahorcado, el oso, los dos hombres en la cabaña–, alguna más graciosa que otra, pero inevitablemente distractivas al desviar la atención sobre los directores en lugar de formar parte indivisible de la narración. A esto hay que sumar un sinnúmero de monólogos de Cogburn divagando borracho y en lunfardo sobre su vida y sus capacidades, algo que no aporta más que al histrionismo de Jeff Bridges –un intérprete habitualmente sobrio y verosímil, aquí transformado en alcohólico payaso de circo, destino fatídico de actor y personaje– que estiran la anécdota y convierten a Temple de acero en uno de los westerns más hablados de la historia del cine. La acción y el dramatismo distintivos del género son calculadamente administrados a cuentagotas mientras observamos con Mattie –siempre desde su punto de vista– el patetismo de sus acompañantes. Ella, curiosamente, es la única digna de un western: todos los calificativos antes mencionados, a los que a lo largo del recorrido se agregarán el coraje, el reconocimiento de sus errores de juicio y el respeto por las pocas muestras de dignidad, honor y bondad de sus compañeros, la ubican justamente en el centro de la escena. Ni siquiera el criminal es digno de respeto: torpe, lento y desesperado, sufre también del distanciamiento paródico con que el guión elige tomarse al género. Por eso cuando los hombres de esta historia tomen las riendas del relato, no serán lo suficientemente verosímiles para emocionarnos.

Otro síntoma del desinterés de los Coen por el western es la casi absoluta ausencia de indios en la película. Pese a que los protagonistas hablan del peligro de adentrarse en territorios no civilizados por temor a los guerreros indígenas, estos nunca hacen su aparición. Sólo hay dos indios en la historia y, no por casualidad, en ambos casos su voz les es negada (a uno no le permiten decir sus últimas palabras antes de morir en la horca, al otro no llegamos a escucharlo cuando habla y casi ni vemos su rostro). Esta sorprendente corrección política –además de contrariar la tradición genérica– no tiene ningún correlato en la historia. Se infiltró en el guión como por capricho, de la misma manera que las discusiones sobre la guerra civil norteamericana entre Cogburn y LaBoeuf. Son apuntes sueltos, agregados a modo de condimentos para hacer más oscarizable la trama.

A falta de uno, Temple de acero tiene dos finales. El primero intenta ser simétrico al comienzo en términos narrativos y de puesta en escena. El segundo sobra. Y su afirmación del triste final de la leyenda del Oeste es tan desganada y carente de originalidad que parece simplemente un parche, similar al que luce Cogburn sobre su verborrágico rostro, mientras deambula y cabalga por tierras áridas, sin pena y sin gloria.

Ramiro Villani      

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