HOMEPAGE
ESTRENOS
VIDEOS
ARCHIVO
MOVIOLA
FORO
CARTELERA
PRENSA
ACERCA...
LINKS















PRISIONERO DEL PELIGRO
(The Spanish Prisoner)

Estados Unidos, 1997


Dirigida por David Mamet, con Campbell Scott, Rebecca Pidgeon, Steve Martin, Ben Gazzara, Ricky Jay.



Dramaturgo, director, guionista, el norteamericano David Mamet es más conocido por los argumentos que elaboró para otros (Los intocables, Mentiras que matan, El precio de la ambición) que por la media docena de películas que lleva dirigidas. Prisionero del peligro, la penúltima, es un thriller que procura conjugar algunas obsesiones personales, proverbiales de Mamet, con las tradiciones del suspenso a la Hitchcock. El cóctel sabe medianamente bien sólo en algunos tramos.

La "veta Hitchcock" intenta abrirse paso de entrada, con ese "hombre común" fatalmente sumergido en una compleja maraña de crímenes ajenos a sus designios, pero de los que será inculpado. Se llama Joe Ross (Campbell Scott) y es un joven, bienintencionado ejecutivo que acaba de desarrollar cierto sistema que reportará suculentos beneficios a la empresa que lo emplea. Aparte de que es codiciado, nada se sabrá de este sistema, al que se alude con el misterioso nombre de "el proceso". Y constituye una segunda, acaso más palpable referencia a Hitchcock, que tantas veces recurrió a dispositivos desdibujados y ambiguos, pero ferozmente disputados, para disparar sus tramas. El objeto es lo de menos (algo despectivamente, Sir Alfred lo denominaba "McGufin"), lo que importa es el conflicto. Y es curioso: Hitchcock solía hacerlo crecer a partir de las acciones y la psicología de sus criaturas –otras veces su fría capacidad de cálculo– expuestas con filosa, fina, irreprochable lógica. Mamet, en cambio, prefirió cargar las tintas en una variante retorcida y paranoica de las consabidas "vueltas de tuerca".

Todo empieza en un paraíso caribeño al que acude Joe en viaje de negocios. Lo acompañan su secretaria Susan (Rebecca Pidgeon, a la sazón la esposa de Mamet), un compañero de tareas y su jefe (Ben Gazzara). Y si la veta romántica –¿tercer fantasma hitchcockeano?– asoma con los ingenuos coqueteos de Susan, el suspenso viene por el lado de un turista adinerado y misterioso, Jimmy Dell (Steve Martin), que hace buenas migas con el protagonista. El clima en este punto es sugestivo e inquietante. La acción prosigue en Nueva York, adonde el film se toma demasiado tiempo antes de despegar. Lo hará cuando Joe (e inevitablemente el público) empiece desconfiar de Jimmy. Algo más tarde se torna evidente que uno o varios quieren robar "el proceso". Ya habrá tiempo para desconfiar de casi todas las criaturas circundantes.

Como puede verse, no se trata de crímenes sangrientos –aunque oportunamente correrá la sangre– sino de estafas, de crímenes contra la buena fe. Así es cómo la trama converge con añejas obsesiones de Mamet, que vuelve a sugerir un mundo saturado de almas codiciosas, cínicas, volubles, siempre listas para sepultar lealtades o amistades bajo un fajo de billetes. No poco paranoica, y acaso emparentada con la verdadera historia de este hombre, que asumió haber escrito más de un guión hollywoodiano a regañadientes, semejante mirada se traduce en todos esos vuelcos intempestivos, demasiado bruscos, de los personajes. Tal o cual, en manos de Mamet, puede pasar de naïf a cínico, de honesto a estafador, de policía a ladrón prácticamente sin escalas. Muchos de estos virajes ocurren en momentos claves, lo que dificulta todavía más su digestión.

El film, al avanzar, reclama otras concesiones a ritmo creciente. Hay que conceder, ya desde el vamos, que en el umbral del nuevo siglo el invento de Joe conste apenas en un manuscrito (¡ni siquiera en un floppy!). Hay que aceptar que el FBI sea tremendamente ingenuo en un momento, y enormemente perspicaz después. Y exactamente lo mismo, aunque en sentido inverso, respecto de los fascinerosos. Hay que comerse, en fin, que en medio de climas más o menos culminantes los héroes y villanos entablen diálogos que remedan a la vieja teleserie Batman (que estaba muy bien... ¡pero a años luz del escepticismo!). La sensación, en todo caso, es que la filosofía de Mamet operó menos como punto de partida que como prejuicio contaminante: lo hizo apurarse, sacrificar rigor, omitir causas pero no efectos. Construir una película a espaldas del espectador.

Guillermo Ravaschino