Poderosa afrodita, de 1995, combina muchos elementos
de la obra humorística previa de Woody Allen (o, si cabe, de su primera época) con unos
cuantos ingredientes nuevos, que tampoco figuraban en su obra "seria",
mayormente caracterizada por el empeño de plasmar el legado de unos cuantos directores
que venera, empezando por Ingmar Bergman. Entre las novedades hay un curioso background moral,
absolutamente inesperable en Allen, que no difiere gran cosa del que acecha tras
la mayor parte de las producciones hollywoodenses. Un latoso mar de fondo, se diría, que
por fortuna no volvió a asomar, o casi, en la obra ulterior de Woody.
El protagonista, que interpreta Allen,
es como un resabio neto de la "primera época": judío, culto, admirador de
Groucho y de los apellidos más ilustres del jazz, con la ironía siempre a flor de
labios, el cronista deportivo Lenny Weinrib podría haber salido de casi cualquier otra
comedia de Allen. La esposa de Allen perdón: de Lenny conjuga los atributos
de una "liberada" arquetípica (se mueve con autonomía, sueña con montar su
propia galería de arte, firma como soltera, etc.) con una gelidez polar y modales
perrunos. Se llama Amanda (la actúa Helena Bonham-Carter) y quiere adoptar un chico. Como
Amanda es dominante ("ella es la que toma las decisiones, yo soy el que maneja el
control remoto del televisor", confiesa Lenny), su deseo se corporiza prontamente en
un bebé abandonado, al que bautizan Max. La pareja empieza a desgastarse y Lenny a
obsesionarse con la idea de encontrar a la madre natural de la criatura.
Un Olimpo en solfa, con Edipos y
Casandras y Yocastas disfrazados y coreografiados como en un café-concert, oficia como
relator oficial de la historia: están intercalados con la acción, a la que comentan en
medio de chistes desafortunados. Allen también se hace cargo de una buena cantidad de
gags. Pero allí luce cansado, lento, como si un extraño compromiso lo hubiera obligado a
recostarse en un revival de los viejos tiempos. Cuando Lenny ubica por fin a la madre del
chico vemos a una pornoactriz con voz de pito, que en las horas libres trabaja de puta y
tiene la monumental figura de Mira Sorvino (que se llevó el Oscar por este rol). Acá
empieza la moralina: encarrilar a Linda se convierte en la nueva obsesión de Lenny, que
no dejará de militar para que ella, que ni siquiera tiene novio, se case. Un matrimonio
como Dios manda. Eso es lo que postula Lenny y me lleve el Diablo si en algún
momento lo desmiente el film como la fórmula garantizada de la felicidad.
De aquí en adelante el film no
puede funcionar sin la complicidad del público con aquella cruzada, toda vez que convoca
a la risa a partir de los rasgos de la puta (significativamente encabezados por la naturalidad
con que se toma su oficio) que escandalizan al cronista deportivo. Si algo faltaba, la
actitud de Lenny es paternal-clasista. No por nada cree que le arregló la vida al
encontrar a su "igual" un boxeador apuesto e irreversiblemente
imbécil y se lo presenta como candidato.
Guillermo Ravaschino
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