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La primera frase que uno podría utilizar para señalar un error básico de
No sos vos, soy yo pertenece a Sören Kierkegaard: "Todo amor, incluso el
infiel, está lleno de misterio..." decía el pensador danés (el término
filósofo no le gustaba nada). La película de Juan Taratuto cuenta la
historia de Javier (Diego Peretti, más que digno), un médico que a 15
minutos de llegar a Ezeiza para partir al encuentro con su mujer María
(Soledad Villamil) en Miami se entera por medio del celular –y en las
propias palabras de su amada– que su relación terminó porque ella se enamoró
perdidamente de un hombre mayor. Después de esto Javier cae en una depresión
inmensa primero y en una búsqueda obsesiva de una pareja después. En medio
de sus intentos por olvidar el engaño y empezar de nuevo va a encontrarse
reiteradas veces y a raíz de los problemas con un perro con Julia (Cecilia
Dopazo), la ayudante de un veterinario, quien representará un nuevo amor en
su vida.
El
tratamiento que hace este director de la traición, de las crisis amorosas y
del reencuentro del amor es frío como una heladera. Gran parte de esto se
debe a la inclusión del personaje del psicoanalista interpretado por Marcos
Mundstock. En las historias de amor los psicoanalistas suelen caracterizarse
por su inutilidad. En los films de Woody Allen sólo sirven para que los
personajes expongan sus sentimientos (recordar la escena de la pantalla
dividida en Annie Hall) sin recibir ningún tipo de respuesta o
devolución. En una brillante comedia romántica argentina llamada El
retrato (Carlos Schlieper, 1947), los psicólogos aconsejan... pero lo
hacen terriblemente mal, perjudicando aun más las relaciones amorosas.
Con este
retrato de la psicología los directores muestran la imposibilidad de
explicar al amor o la pareja mediante frases hechas o fórmulas de diván. En
No sos vos, soy yo sucede todo lo contrario. Las palabras del
psiconalista son sabias, didácticas, obvias del tipo "una pareja lleva sus
buenos días, que lamentablemente son pocos, sus malos, que afortunadamente
también son pocos, y los normales, que son la mayoría". Así las severas
crisis de personalidad de Javier, su desesperación, sus torpezas, son
consecuencias lógicas de una "mala visión de la pareja y del amor" y nada
más, y cuando el tiempo haya pasado y Javier tenga la mente lúcida y
aclarada y las reglas amorosas aprendidas entonces será capaz de amar y
enamorarse como corresponde. Pero concebir el amor así equivale a tener los
sentimientos de un tronco.
La
segunda frase que uno podría invocar a cuento de No sos vos, soy yo
pertenece al siempre orgullosamente misógino y misogámico Sacha Guitry: "Si
la mujer fuera buena, Dios tendría una." Este comentario dudosamente sentado
sobre bases científicas o teológicas parecería ser la idea de cabecera de
varios cineastas argentinos. Es que el frondoso prontuario del cine
argentino exhibe al machismo, desde hace ya varias décadas, entre sus
crímenes más comunes. Y esto incluye desde los modelos familiares
ostentosamente patriarcales de las películas de Sandrini y la agresividad
hacia la mujer de las comedias de Sofovich (Gerardo o Hugo, juntos o
separados) hasta los personajes femeninos de los dos últimos films de
Campanella, mujeres virtualmente sometidas a la decisión de sus maridos,
novios y/o hijos.
En tanta
película argentina parecería que la mujer no piensa, no siente, no
construye, no sueña, casi se diría que ni existe. Esto no sería tan grave si
los géneros en cuestión pudieran prescindir de la figura femenina; digamos,
si un director ultramisógino se dedicara a hacer un cine tan eminentemente
viril como el de gángsters, poco importaría el rol de las mujeres (vean si
no a Scorsese). Ahora bien, el problema viene cuando el género en cuestión
es una comedia romántica y el tema, como no podía ser de otra manera, la
pareja. Ahí, anular al personaje femenino es cinematográficamente sacrílego.
No sos vos, soy yo comete de una manera brutal, grosera, esa herejía.
María
apenas si aparece al principio y al final de la película, mientras que del
personaje de Dopazo lo único que se sabe es que se trata de una mujer
separada, con un hijo, que intenta sobrevivir económicamente como puede y
punto.
Tan poca
es la interacción hombre-mujer, tan arbitraria parece la elección de Peretti
por Julia, tan centrada en la figura masculina se encuentra la película de
Taratuto que lo único que puede hacer el director y coguionista (la otra
persona que escribe es, curiosamente, una mujer, la propia Cecilia Dopazo)
es incorporar situaciones gratuitas, tanto sean estas cómicas (algunas de
ella muy bienvenidas gracias a las capacidades histriónicas de Peretti),
trágicas (la muerte del suegro de Javier es total y absolutamente
irrelevante, como la entrevista de trabajo que sostiene con una ex compañera
de secundaria) o inclasificables (interminables charlas con el amigo del
protagonista que giran una y otra vez sobre la misma cosa: la traición de
María), para llegar a la hora y media de metraje.
Sepa
esta regla Taratuto: en la comedia romántica, condenando a la mujer, se
condena a la película y al espectador. Se lo dice un condenado.
Hernán Schell
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