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EL JUEGO DEL MIEDO 3
(Saw III)

Estados Unidos, 2006


Dirigida por Darren Lynn Bousman, con Tobin Bell, Shawnee Smith, Angus Macfayden, Bahar Soomekh, Barry Flatman, Dina Meyer.



El juego del miedo se ha convertido en una de las sagas de terror más populares de los últimos años. Y en cierta forma, el asesino serial Jigsaw se ha ido convirtiendo en el Hannibal Lecter del Siglo XXI (un modelo más industrializado y tecnológico). A nivel cinematográfico, esta combinación de sadismo, golpes de efecto y moralina apenas si resultó creíble en la primera entrega. La segunda había sido un total disparate, completamente previsible, que poco asustaba y mucho cansaba con su montaje acelerado y calculadamente desprolijo.

El juego del miedo 3 es la mejor de todas, aunque no por las razones esperadas. Los autores siguen regodeándose en su crapulencia, las lecciones morales continúan elevando su volumen, las vísceras siguen volando por el aire al ritmo de un montaje videoclipero que banaliza la violencia... pero también hay una historia de amor. Trágica, frustrada. Es entre Jigsaw y Amanda, la única víctima que consiguió superar uno de los retorcidos tests del asesino, para pasar a ayudarlo en su misión.

Es que Jigsaw está enfermo de cáncer y agonizando. Entonces Amanda secuestra a una médica, forzándola a salvar a su mentor a cualquier precio, mientras otro juego se desarrolla en paralelo. En el medio hay celos, discusiones y autocuestionamientos, a la vez que mediante diversos flashbacks se nos narra el vínculo de Amanda con Jigsaw, suerte de rara historia de aprendizaje y amor platónico.

Todo esto, que constituye el verdadero nudo de la historia detrás de la superficie pretenciosamente aterradora, es lo más interesante de la película, y esto es lo que le da estatura, más que de mera secuela, de componente de una saga. Es como si los responsables del film hubieran tomado como base el libro “Hannibal”, de Thomas Harris, con ese final desequilibrado en el que Lecter iniciaba un romance con Clarice Starling, quien también se convertía en caníbal. Aquí la cosa es más bizarra todavía, con una joven que se transforma en el arma de su amado (quien, por cierto, no deja de ser un muerto vivo). Seudonecrofilia, que le dicen. Y sin psicólogos a la vista.

Lamentablemente, sobre el final todo tiene que armarse, que justificarse adecuadamente. Y retorna la desagradable sensación de que los cineastas comulgan con la ideología fascistoide del asesino, que tortura a personas que él considera decadentes, pretendiendo mantener una distancia que en verdad no existe. Entonces sólo queda ese horror estetizado. Y el amor, al fin de cuentas, termina siendo apenas un obstáculo.

Rodrigo Seijas      


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