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CINEISMORECOMIENDA

LA HUMANIDAD
(L'Humanité)

Francia, 1999



Dirigida por Bruno Dumont, con Emmanuel Schotte, Séverine Caneele, Philippe Tullier, Ghrislain Ghesquiere, Ginette Allegre.



Cuando L'Humanité ganó en Cannes 1999 el gran premio del jurado y al mejor actor y actriz, estalló un escándalo que dividió aguas, tanto entre críticos como en el público. Bruno Dumont había hecho un cine personalísimo, sin atender los códigos del cine comercial. Con actores no profesionales, que cumplen una performance por demás original y sorprendente, un guión en el que la historia no es lo más importante, su película seca, neta, austera, se inscribe en la mejor tradición del cine clásico europeo. Imaginamos que también aquí suscitará controversias.

Aunque la historia es lo de menos, existe, y vestida de policial: una chica de once años ha sido violada y asesinada en las afueras de un pueblo, y los policías buscan al asesino. Alrededor de esta investigación giran los personajes, y a ellos está dedicado el film. Pharaon de Winter es el desmesurado nombre del protagonista, el detective menos convencional que se haya visto en la historia del cine. Su nombre es un oxímoron, pues Pharaon es un simple, incapaz de aportar una idea a la investigación, y camina con paso cansino y actitud infantil por toda la película, arrastrando consigo una fuerte empatía emocional con absolutamente todo lo que lo rodea. Solitario, su característica más notoria es el silencio, y su vida, muy sencilla: además de cumplir las órdenes de su comisario, pasa gran parte del tiempo en la vereda de su casa en compañía de una vecina, Dominó, casi sin hablarse. Mira el cielo, saluda a los vecinos, pasea en bicicleta, sale con Dominó y su novio a comer, o a un día de playa.

Pharaon está atravesado por la perplejidad. Suponemos que el protagonista ha caído en este estado de tristeza y espanto después de la pérdida de su mujer y su hija, en circunstancias nunca aclaradas. La expresión del actor Emmanuel Schotté nunca cambia, o acusa mínimos cambios de intensidad, y nos preguntamos cómo será este hombre en su vida real: ¿actúa o es así?

En la banda sonora, austera pero expresiva, como en el cine de Bresson, cada sonido tiene su peso: la respiración del protagonista, indicadora del grado de su agitación interior, su grito desesperado opacado por el sonido del tren, el ruido al masticar... hasta el sonido de un pelapapas está cargado de expresividad.

El film avanza rítmicamente, presentando la vida de sus personajes al detalle, y, de manera alternada, un episodio de la investigación, que parece empantanada (el comisario no parece mucho más eficaz que Pharaon). Dumont desarrolla entonces diversos temas.

Uno es el deseo: Pharaon desea sin disimulo a Dominó, quien a su vez desea a Joseph, y siempre es respondida por éste. Si bien el policía parece acechar permanentemente a Dominó, quien le ofrece compañía, contacto, y hasta oler su sudor, cuando por fin le brinda su sexo Pharaon la rechaza ofendido, como si esperase otra clase de amor. Los tres andan por la vida como almas en pena, deseantes e insatisfechos. Ninguna relación es satisfactoria. La película tiene varias escenas sexuales entre Joseph y Dominó de una dureza absoluta: sexo primario, sin un asomo de juego, de ternura, de voluptuosidad, sin una palabra, ni un gesto de placer. Joseph es la antítesis de Pharaon: su modo casi animal de hacer el amor con Dominó, los actos transgresores con los que desafía a su amigo, su autoridad, contrastan con la melancólica pasividad del policía.

Es central el tema de la materia, el cuerpo, la tierra. Su exponente más brutal es Dominó, la extraordinaria Séverine Caneele: su enorme físico bovino, que exuda corporalidad, sus pulsiones elementales remiten a lo más arcaico en la mujer, a la Madre Tierra, la hembra, y obviamente la relacionamos con la chancha que amamanta sus crías, a la que Pharaon acaricia con ternura. El larguísimo primer plano de la vulva de Dominó, en obvio eco con el anterior similar –durísimo, cuestionable– de la niña muerta, parece hablar de su vitalidad, de su capacidad sexual y generadora. En segundo término, la madre de Pharaon, con quien éste convive: trata a su hijo como a un chico, le da órdenes, lo alimenta y, por fin, enfrenta a la otra mujer, para alejarla de su hijo. Por último, la referencia textual: Pharaon trabaja la tierra en sus ratos libres, tiene su jardín en el que cuida de dalias y rosales, desarrolla su talento con la materia, la remueve, la riega, la amasa, hasta levita entre sus flores. El personaje quiere fundirse con el elemento primigenio, como lo grita esa impactante primera escena, en la que, pasmado de horror, se arroja sobre la tierra arada.

Pharaon es un sensitivo, emocional y físicamente. Mientras que expresa muy pocas ideas –sus líneas a lo largo del film son contadas–, su contacto con el exterior pasa por los sentidos: es táctil, abraza a amigos y delincuentes, y lleva al extremo su capacidad olfativa, no sólo sobre el cuerpo sudoroso de Dominó, sino también sobre el cuello de un traficante. Pharaon tiene más de textual sabueso que de detective cerebral y deductivo. Y por fin, es contemplativo. La cámara toma repetidas veces un plano medio de Pharaon absorto, y a continuación el plano subjetivo de su mirada: un árbol, el cuello sudoroso de su jefe, una pelea en la calle, un cuadro pintado por su abuelo. Estas miradas nos desvían permanentemente de la acción. Hay un sentimiento real del tiempo, que fluye lentamente en cada uno de los largos, silenciosos planos del film. En pantalla ancha, la economía de elementos de cada plano aumenta su poder expresivo.

El carácter sensitivo de Pharaon lo hace partícipe de todo lo que acontece: su cuerpo desgarbado, agobiado, parece llevar sobre sus espaldas todas las culpas de la humanidad. ¿Ha matado Pharaon a la niña, o es su empatía la que lo sume en ese estado de angustia, de horror? Aquí es donde recordamos la mística de Bresson, el dolor universal encarnado en sus personajes. Pharaon no es un individuo, es la humanidad, y carga con todo su sufrimiento. Su dolor es el de la víctima y el del victimario. No sólo en lo formal Dumont sigue a Bresson, o a Tarkovski. Sus personajes, como los de aquéllos, como los de las novelas de Dostoievski, viven sumergidos en su mundo cerrado, inacordes con la moral burguesa, en un mundo en el que no hay línea divisoria entre culpables e inocentes. Los personajes no son dueños de su destino, simplemente lo cumplen, inexorablemente.

¿El crimen? La película carece del rigor lógico de un policial pero sí, el caso se resuelve al final, aunque terminamos desconociendo los detalles del hecho. A Dumont no le importa la llegada, sino el viaje. Tampoco le interesa dejar un mensaje unívoco, definitivo, sino (son sus palabras) "crear una resistencia, una dificultad, y un tiempo de digestión muy largo". Ser coherente consigo misma tal vez sea la mayor de las muchas virtudes de la película, que muestra sin estridencias las posibilidades del cine, su poder hablar de la condición humana, hacer filosofía, psicología, hasta crítica social, además de representar un mundo de imágenes significativas.

Josefina Sartora      


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