HOMEPAGE
ESTRENOS
VIDEOS
ARCHIVO
MOVIOLA
FORO
CARTELERA
PRENSA
ACERCA...
LINKS















LA ETERNIDAD Y UN DIA
(Mia Aiwniothta Kai Mia Mera)

Francia-Grecia-Italia, 1998


Dirigida por Theo Angelopoulos, con Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Despina Bebedelli, Achileas Skevis, Alexandra Ladikou.



La eternidad y un día es una película de fronteras. Entre la vida y la muerte, entre el pasado y el presente. Su protagonista, Alexandros (el alemán Bruno Ganz), es un escritor sexagenario que atraviesa, cabizbajo y lerdo, esa misma encrucijada. Lo afecta una dolencia indefinida, aunque a todas luces terminal, por la que está a punto de ingresar en una clínica de la que ya no saldrá caminando. El film se concentra en esas últimas 24 horas de "libertad". De despedida. Y las confronta con los recuerdos que, una y otra vez, invaden el presente de Alexandros. Así, entre las calles lluviosas de la ciudad costera de hoy y las espléndidas playas soleadas de ayer, acunado por la melancolía y la nostalgia, pendula este relato. Que es tan lento –o apasible, si se quiere– como La mirada de Ulises, el anterior título de Theo Angelopoulos que se estrenó comercialmente en Buenos Aires.

No es cuestión de lamentar los planos de dos, tres y hasta cuatro minutos del cineasta griego, que por otra parte obtienen cierta movilidad de la ya proverbial tendencia de Theo a mover la cámara alrededor de sus personajes. Lo que se apunta, sí, es que La eternidad y un día se queda algo corta de sustancia para las dos horas y diez minutos que insume. O que ataca demasiados temas –demasiado hondos– sin llegar a honrarlos acabadamente. Que sobreabunda en "climas poéticos" que inicialmente fluyen, pero a los que cada vez les cuesta más trabajo sostenerse. Hay una afectación, una inflación en este film que se llevó todas las palmas (empezando por la de oro) en el Festival de Cannes del '98.

Aunque al principio Alexandros deambula solo, no tarda en toparse con uno de esos chicos de la calle que (en Grecia como en la Argentina) limpian parabrisas de automóviles en los semáforos. El niño es refugiado albano, perseguido por la policía y de algún modo un alma gemela del protagonista. Tiene toda la vida por delante... ¿pero qué vida es esa? Y está casi tan solo como Alexandros. El binomio por momentos marcha, imponiendo la sensación de que Alexandros encontró en el muchacho a un compañero de ruta, a ese contacto humano que tanta falta le hacía (su esposa murió y su hija no lo quiere casi nada). Pero en otros se empantana, porque la actitud del viejo es demasiado sobreprotectora e ingenua: parece que lo quisiera "salvar". Para peor, Angelopoulos mete por la ventana una peripecia con traficantes de niños (dibujados con bastante torpeza) para sumergirse a medias en las aguas de una "crítica social" que, de cualquier manera, no tenía mucho que hacer aquí.

La presencia del pasado no ha sido resuelta mediante flash backs convencionales sino a través de unos recuerdos en los que la figura del protagonista conserva su apariencia actual, y hasta la misma ropa. Alexandros es como un espectro en dichos tramos, como si volviera –por última vez– a ser protagonista y al mismo tiempo observador de las alegrías de antaño. Como versión de la nostalgia no está nada mal. Transpira mucha melancolía, se palpa. Pero Theo la usa tantas veces que se gasta. Otros recursos, como la aparición de un poeta extranjero que paga por oír nuevas palabras (sí, como leyó), evocan a los fantasmas y cursilerías tristemente célebres de Eliseo Subiela, lo que, por supuesto, no habla en favor de Angelopoulos ni de las imágenes. Por lo demás, Alexandros nunca se saca un sobretodo demasiado similar al que este mismo Ganz, diez años antes, paseaba por las calles de Berlín en Las alas del deseo (bufanda incluida). Y hay un viaje en colectivo en el que pasan tantas cosas raras que ni Kusturica.

Guillermo Ravaschino