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EL DIABLO VISTE A LA MODA
(The Devil Wears Prada)

Estados Unidos, 2006


Dirigida por David Frankel, con Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Simon Baker, Emily Blunt.



Cuando, dos años atrás, concluyó la serie “Sex & The City” (con un final que abjuraba de todo aquello que había proclamado durante seis temporadas de éxito), alguien debe haber tomado nota: quedaba un mercado –compuesto en su mayor parte de mujeres– listo para aprovechar, ávido de más historias de mujeres solteras y glamorosas que, en la Gran Ciudad, tratan de balancear carrera con vida personal (léase hombres) y amistades. Siempre, claro, estupendamente vestidas. Porque una parte importante del negocio incluye la exhibición obscena de ropa, carteras, zapatos, accesorios, y más ropa, más carteras, más zapatos...

Dirigida por David Frankel –formado como realizador en dicha serie televisiva–, El diablo viste a la moda viene a responder a esos requerimientos. Recién salida de la factoría Disney (El diario de la princesa 1 y 2), Anne Hathaway es una heroína convenientemente más joven que la última Sarah Jessica Parker. Aquí interpreta a Andy, una graduada en periodismo que consigue trabajar como asistente de la directora de la revista de moda más influyente del mundo. Miranda Priestly (Meryl Streep) es una tirana que aterroriza y humilla a sus empleados y ordena a Andy tareas ridículas e imposibles. Y si bien al principio la chica deja en claro ante su novio y amigos que sólo acepta el trabajo para ganar experiencia, pronto comenzará a verse seducida por ese mundo pretendidamente superficial, lleno de zapatos de Manolo Blahnik, carteras de Marc Jacobs y ropa de Chanel.

El argumento cultiva la duplicidad: por un lado, con un discurso políticamente correcto, formula una crítica poco imaginativa de la obsesión por la imagen, del culto a la delgadez, de la obsecuencia y la hipocresía en el trabajo (que, desde luego, no son privativas del mundo de la moda). Pero esto choca con el mismísimo objetivo del film que, por otra parte, no deja de ser el de glorificar la proliferación de los productos de diseñadores y marcas de alta costura dirigidos a un público masivo. Una proliferación que hace que, en Tokio, jóvenes de clase media pidan créditos para adquirir carteras de etiqueta francesa. O que, como en este caso, el nombre de la diseñadora de vestuario de un largometraje (Patricia Field, también de “Sex &...”) sea tan importante como el de la protagonista.

Será por eso que cuando Andy, harta de Miranda y sus manejos, decide alejarse de ese ambiente y comenzar en otro periódico más acorde con sus intereses, no terminamos de creerle que esté tan convencida. Eso sí: mientras intercala miradas y silencios con frases letales y un timing cómico impecable, Meryl Streep compone a la mejor villana del cine de los últimos tiempos.

María Molteno      


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